Ambientación

Innumerables son las historias que conocemos, de seres mágicos, mundos lejanos, incluso dimensiones paralelas. ¿Qué pasaría si te digo que todo lo que has oído es real?. Si, todo es real, y está a solo un paso de distancia.

Hace mucho tiempo la gente que dominaba la magia y hechicería tuvo ambiciones destructivas para con si mismos y el mundo, pensaron que al poseer dicho conocimiento serían seres casi omnipotentes, lo que ellos no conocían era que al abusar de ella, las barreras que mantenían a los mundos separados comenzaron a unirse gracias a la oscuridad que crecía en los reinos por estos abusos.

Hoy en día cualquier raza puede encontrarse en cualquier reino, ya que las brechas espacio tiempo creadas por la oscuridad, las cuales todos conocen como Portales, les permiten viajar entre ellos, aunque todo viaje tiene sus consecuencias...

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Mensaje por Il Capitano el Vie Sep 09, 2016 12:01 am

Cosas. Cosas que pasan. Todo el tiempo, en todo el mundo, en todos los mundos. Cosas, ¿por qué no dejaban de pasar? Il Capitano suspiró por enésima vez ese día, se sentía mal. ¡Mal! ¿Desde cuándo ella podía sentirse mal? ¿Desde cuándo? Desde que los humanos pasaron, supuso.

Humanos.
Cosas.

Suspiró otra vez, con los ojos cerrados. Se tocó el pelo, tan suave, tan pálido, tan hecho de cabello. La recordó. A ella y se regañó a sí misma por ser tan tonta. Era natural sentirse un poco desanimada de vez en cuando, ¿cierto? Cierto. Pero. ¡Pero! Il Capitano no era así y eso la hacía enojar un poco. O no, no; no estaba enojada. Era una extraña sensación la que le invadía el pecho y le hacía sentir una extraña presión en la boca del estómago, en el corazón.

Frunció el ceño, sin entender. En Imaginación, todo había sido más fácil antes de las puertas. Se preguntó, ¿por qué? ¿No era una buena pregunta? ¿Por qué las puertas comenzaron a abrirse? ¿Desde cuándo? Nunca lo supo, nadie lo recordaba lo suficientemente bien, allí, en Imaginación. Il Capitano siempre supuso que las mentes humanas habían abierto puertas desde su creación, tal vez desde el momento en el que el primer humano descubrió que podía pensar, que podía idear y viajar dentro de ideas nunca antes vistas. Lo supuso pero no tenía la certeza, aunque parecía lógico. Lo suficiente como para encajar en la lógica de los humanos, por lo menos. A ella le parecía, más bien, simple y predecible.

A veces le gustaba pensar que había sido de otra manera. Pero ese no era el momento, porque aún tenía esa sensación en el cuerpo que le hacía sentir incompleta o directamente vacía, lo que era mucho peor.

Debía salir. Hacer algo. Había escuchado que eso era bueno. Despejar la cabeza, tal vez desarmarse de su camuflaje y dejar su verdadera forma libre, en algún lugar que no fuera Mundo. No quería estar ahí, estaba cansada de los humanos ciegos, cuadrados. Generalmente era divertido escucharlos hablar como si todo lo supieran, pero no ese día. Ese día merecía un cambio.

La puerta que se abrió frente a ella la llevaría a otro lugar, tan lejos  y tan misterioso que ni ella misma sabía cómo podría lucir. Hacía pocos días había leído, escuchado ciertas historias, acerca del País de las Maravillas. Ella necesitaba ver cosas maravillosas, ¿qué mejor que ir a un país lleno de ellas? Tan sólo tuvo que pensar, "quiero ir" y entonces la entrada se abrió frente a ella. ¡Tan simple! Al menos no tenía que recurrir a los portales. Esas cosas le daban un mal sabor de boca y si los podía evitar, tomaría cualquier otra alternativa para hacerlo.

Sin embargo, ah, las puertas. Puertas, puertas, tan confiables como engañosas. Los portales no eran precisos con los mundos y las puertas no lo eran con la ubicación dentro de ellos. Ya había acabado en la trompa de un elefante, así que, en realidad, no temía un destino peor. No iba a cruzar de ninguna otra manera, por lo tanto dio el paso y atravesó el umbral. Y como ya era costumbre, su apariencia humana se quedó del otro lado.

Su cabello plateado se convirtió en múltiples flores de color siempre rosado, su piel cambió al índigo que no era pero sí era. Su cuerpo fue mutando, convirtiéndose en lo que realmente era. Sus estrellas se extendieron libremente y otra vez suspiró, con su ánimo renovado. Nada más refrescante que ser uno mismo.

Y cuando hubo cruzado y la puerta cerrado tras de sí, se permitió observar a su alrededor. Sus pies estaban sobre rocas, lo cual era una buena señal. Nada especialmente extraño. Hizo un lento giro de trescientos sesenta grados, encontrando humanos no tan lejos de su posición, aunque apenas si le prestaron atención. Muchos lucían manchas negras en sus ropas y las partes visibles de su piel; sus caras transmitían un cansancio casi crónico. La atmósfera se le antojaba algo deprimente y eso era lo último que necesitaba. Así que poco tardó en emprender un camino por su cuenta.

Sus estrellas temblaron un poco y luego se extendieron una vez más, alzando vuelo. Pudo notar algunas miradas en su dirección pero nada que se asemejara a la sorpresa. Supuso que esas personas ya habían visto antes criaturas fuera de lo normal, lo cual era una buena señal aunque no se preocupó demasiado. Tenía otras cosas que hacer.

Así, sobrevoló con calma el territorio. Montañas, volcanes y calor, mucho calor, fue todo lo que vio. No pudo evitar decepcionarse un poco. ¿Qué clase de maravilla podría encontrar en un lugar así? A menos que uno de los volcanes hiciera erupción justo en ese instante, dudaba poder mantener el ánimo que su llegada le había brindado.



Pasaron minutos, largos y casi innumerables, hasta que se detuvo. No estaba cansada pero de cualquier forma optó por aterrizar sobre una de las incontables rocas que conformaban el lugar. Se llevó las manos a las caderas y resopló, impaciente. Hizo una extraña mueca, estirando y luego frunciendo sus viperinos labios. No sabía qué hacer y fue por ello que su cabeza la llevó nuevamente al inicio de su problema.

Ella. Il Capitano gruñó, algo irritada con su propio tren de pensamientos, pero de todas formas llevó una de sus manos a la cornamenta repleta de pequeños bombillos, buscando una en específico. Y ahí fue cuando se desató el desastre. El... El bombillo... — ¡No está! — Exclamó, horrorizada. Se llevó la otra mano a la zona, rebuscando. Se arrancó un par de bombillos pero no, no estaba. ¡No estaba! ¿Lo había perdido? — Oh, no. No, no, no. ¡No! ¡Demonios! ¡Maldición! ¡No puede ser! No. — Continuó, a veces en voz baja otras veces en voz alta.

Miró a su alrededor, esperando poder encontrarlo allí pero nada. No había nada, no podía ver nada. En su rostro se dibujó la desesperanza, la tragedia. ¿Lo había perdido, acaso, en medio del aire? ¿Mientras volaba? Miró el camino por el que había llegado hasta ese punto y suspiró, no resignada pero sí bastante pesimista. Era una distancia demasiado larga. — ¿Por qué tenía que pasar justo aquí?

Cosas. Cosas que pasan. Todo el tiempo, en todo el mundo, en todos los mundos. Cosas, tan sólo pasan y a veces no puede ser evitado.
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Re: [Priv. | Star] Pasan que cosas.

Mensaje por Star [Alioth] el Lun Sep 12, 2016 4:59 am

Las estrellas jamás dejaban de brillar, aunque hiciera frío, aunque fuera de día, aunque estuviera nublado. Pero eso no significaba que siempre pudiera verlas. Las nubes le deprimían por las noches, porque extrañaba a su amigo, porque estar solo no era divertido cuando se te ocurrían muchos juegos de a dos. Y en el día el Sol le recordaba su sonrisa calentita y las galaxias en su ropa. Podía vivir sin su compañía, claro, pero no le gustaba. No, para nada. Bebía refrescos y las burbujas se le subían por la nariz y nadie se reía de sus estornudos. ¡Estaba tan aburrido! Ya había probado todas las cosas que hacían los humanos y después de un tiempo se le había hecho monótono una vez más. La miel era empalagosa y las abejas volvían a su rutina. No quería más hotcakes al desayuno, se le antojaban malvaviscos y una fogata. Miraba al cielo y las nubes más le daban antojo, por lo menos si pudiera morderlas le dejarían ver sus amadas constelaciones.

Esa noche se había quedado dormido en una banca en la plaza. No quería regresar a su casa con Papá ChiHoon, no quería regresar a los cartones en donde Soleil no estaba. Simplemente se acostó con su cámara en mano y después de un día de mucho andar se apagó rotundamente, su rostro de conejo apacible y su respiración pausada.

La mente de Alioth estaba llena de recovecos incendiarios, su imaginación despierta aunque su cuerpo descansara. En una de las esquinas al doblar Plutón – Pobre planeta pequeño que tantas veces había luchado por su espacio en el Sistema Solar- se encontró con una puerta. La puerta estaba cerrada y era tres veces más grande que el último de sus cabellos. Lo sabía porque en la mente los números siempre son los que te dicen, hasta las pequeñas décimas y centésimas y milésimas y esos que ya no podía contar porque se distraía con el sabor a manzana. Las comía siempre desde que se habían separado. Sabía que volvería pronto porque los amigos nunca, nunca se dejarían solos por siempre, porque habían prometido que tenían muchas fotos que sacar y muchos juegos que jugar. Pero bueno, se estaba desviando y había una puerta en frente, una puerta que tenía que cruzar.

El pomo estaba muy, muy alto, pero en los sueños todo está donde queremos que esté, así que extendió sus dedos y lo rodeó con ellos, girando lo que no se quería girar. Bufó contrariado, porque estaba seguro de que se abriría de esa forma, pero al parecer algún mecanismo más complicado la dominaba. No había cerradura para ninguna llave, así que probablemente tendría que decir alguna frase secreta y en un idioma que no conocía. –Ábrete sésamo - Vociferó fuerte y claro, con esa voz aterciopelada que le caracterizaba, pero nada ocurrió porque no era sésamo, era puerta. Frunció el ceño y sus ojazos oscuros brillaron con chispas de desagrado. ¿De qué otras formas se abrían las puertas? ¿Por qué había una a la esquina de Plutón? Frustrado, sintiendo que el fuego venía, le dio un puntapié y ¡Oh, sorpresa! Pasó en banda al otro lado, cayendo en roca ardiente. Alcanzó a poner las manos pero se golpeó las rodillas, raspándose. Se hizo bolita quejándose molesto hasta que al rodar a un lado se encontró con… ¿Qué era? ¿Quién? ¿Hablaba? ¡Estaba molesta también! Y era maravillosa. – Se sentó a lo indio, olvidando el dolor, alucinado, sus ojos brillantes de curiosidad y sus dientes de conejo en una sonrisa tan incandescente como el mismo sol. Se tocó el pecho, comprobando que su cámara estaba allí y la preparó.- ¡Eres hermosa! – Qué poco tino, qué poco filtro.- ¿Puedo tomarte una foto? ¿Pasa algo? ¿Qué se te perdió? ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Star.- Mala costumbre, pésima. Siempre hablaba demasiado, pero necesitaba todas esas respuestas y esa fotografía. – Espera… ¿Estoy despierto? – Fue ahí cuando recién cayó en cuenta. ¿Seguía soñando? Si no era así, ¿había llegado a Plutón? No, la puerta estaba doblando la esquina y las puertas no retrocedían, eran para avanzar. Se miró las rodillas y sus pantalones rotos por la caída y suspiró, el dolor volviendo a hacerse presente para decirle: Hey, estás despierto y perdido por lo demás. Volvió a fruncir el ceño sin percatarse, olvidándose por un segundo de las preguntas y la presencia de… - No, debo estar soñando. ¿Eres mi imaginación? – Sí, eso debía ser. La siguió mirando, a su espalda, esperando que se volteara con la cámara apuntando para disparar antes de que despertara y perdiera su fantástica imagen.
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